Crecer siendo bilingüe en Estados Unidos
~By Ashlyn Hernandez Gil
Dicen que crecer es aprender a soltar, pero nadie me explicó lo difícil que sería soltar un país entero. Tenía diez años cuando la noticia cayó como una maleta abierta en medio de la sala.
—Nos vamos a Los Ángeles. —
Mis papás sonrieron como si fuera algo bueno y lo era, supongo, pero mi corazón solo pensó en mis primas, en mis abuelos, en la casa de mi tía donde siempre olía a pan dulce y café. Pensé en todo eso y también en Pixi, mi gatita negra de ojos verde bosque. Dormida en el sillón sin sospechar que su vida también estaba por cambiar.
A veces, crecer bilingüe empieza mucho antes de aprender otra lengua. Empieza cuando tu vida te obliga a partir en dos, quién eras y quién vas a ser. Aunque ya sabía un poco del idioma por mis tíos y porque ellos también ayudaban a mis papás, que ahora entendían algo del inglés gracias a ellos, no tenía idea de lo diferente que sería vivir en un lugar donde esa otra lengua era la de todos y yo tendria que aprender a hablar correctamente y mas fluido.
Mudarse de país sonaba de película, pero yo no era la protagonista valiente todavía. Solo era una niña intentando entender por qué el mundo se mueve tan rápido cuando tú todavía no sabes ni cómo sentirte. Pueda que sea emocionante, pero era aterrador también.
La casa parecía más pequeña con tantas cajas. Mis papás llevaban horas empacando, caminando de un lado a otro como si el tiempo los persiguiera. Yo estaba sentada en mi cama, mirando mis cuadernos, mis peluches, mis libros, preguntándome cuántas cosas cabían realmente en una maleta.
—Mami, ¿de verdad tenemos que irnos mañana? — Pregunté en voz bajita.
Ella dejó de doblar ropa y me miró con esa mezcla de cansancio y ternura que solo las mamás tienen.
—Sí, mi amor. Ya salió la visa, la residencia y el trabajo de tu papá empieza la próxima semana. It’s a big opportunity. — Yo acepte, aunque una parte de mí quería decir que yo no estoy segura de esto.
Cuando intenté cerrar mi maleta, vi a Pixi estirándose, como si me dijera ¿y yo qué? Y ahí se me ocurrió la idea más arriesgada del día. Bajé corriendo.
—¡Papi! ¿Puedo llevar a Pixi? Porfa, please, no la quiero dejar. Ella no tiene a nadie más. — Mis papás se miraron, como si hablaran con los ojos.
—Elisa nos lleva al aeropuerto mañana.— Dijo mi mamá. —Si logras preparar todo de tu gatita hoy, la llevamos. — Fue como si me encendieran una estrella en el pecho.
—¡Sí! ¡Lo hago ya mismo! —
Subí a mi cuarto como un rayo. Guardé su comida, su arenero pequeño, su juguete favorito. Pixi maulló cuando la metí suavemente en su transportadora, reclamando su espacio.
—Lo sé, baby yo tampoco entiendo mucho, pero vamos juntas —Susurré, no iba a dejarla. Pixi es demasiado importante para mí, entre ella y yo habia un lazo muy Fuerte.
A la mañana siguiente, la tía Elisa llegó en su camioneta. Yo me senté en la parte de atrás, con mis audífonos puestos, escuchando música suave mientras mis papás hablaban con ella. No sé de qué hablaban exactamente, algo sobre el tráfico, sobre llegar a tiempo, sobre papeles, pero yo solo veía por la ventana cómo todo se hacía más pequeño.
Las calles dónde crecí, mi escuela, mi vida. Y aun así, entre todo ese miedo, había una cosita brillando dentro de mí. Una parte que decía, maybe, maybe this won’t be so bad.
La camioneta de la tía Elisa olía a limón, ese olor fresco y cítrico que ella usaba desde que yo era chiquita. No sé por qué, pero siempre me daba un poco de calma, como si limpiara el aire y los nervios al mismo tiempo. Pixi estaba en su transportadora a mi lado, moviendo la cola como si estuviera tratando de entender qué estaba pasando.
—¿Llevan todos los documentos? — Preguntó la tía Elisa mientras ajustaba el retrovisor.— Pasaportes, identificaciones, las maletas, ¿todo? —
—Sí, ya está todo en la cajuela.— Dijo mi papá, revisando por tercera vez la carpeta llena de papeles. —Solo quiero llegar temprano, no quiero problemas en el check-in. —
—Ay, Elías, cálmate.— Respondió mi mamá riéndose.— Vamos bien de tiempo. Todavía ni sale el sol. —
Yo apoyé la frente en la ventana. Afuera, la ciudad seguía dormida. Algunas casas tenían luces prendidas, como si también estuvieran despertándose para despedirse de mí. Tenía mis audífonos puestos, la música bajita, un mix raro entre español e inglés que de alguna manera combinaba, pero que me hacía sentir menos ansiosa.
—Liz, ¿cómo te sientes, mi niña? —preguntó mi tía Elisa con voz suave.
Me quité un audífono. —Bien, creo.— Murmuré, aunque sonó más chiquito de lo que quería. —Just weird. — Mi mamá estiró su mano hacia el asiento trasero y me acarició la pierna.
—Es normal, mi amor. Un cambio así siempre da miedo, pero tú eres fuerte. Y vas a aprender muchas cosas nuevas. —
—Incluido inglés.— Dijo mi papá sonriendo, intentando hacerme reír.
Yo rodé los ojos, y Pixi maulló, como si estuviera apoyándome en mi drama.
—Estoy intentando, ¿ok? Pero no prometo nada. — Dije medio en serio, medio bromeando. Los tres se rieron un poquito, y eso aflojó algo en mi pecho.
Mientras avanzábamos, pasamos lugares que conocía de memoria, la panadería donde mis primos y yo comprábamos donas, el parque donde aprendí a andar en bicicleta, la tienda de mi tía llena de ruido y gente. Todo pasaba por la ventana como escenas rápidas, como si alguien estuviera adelantando una película.
Adiós. Adiós. Adiós.
En una esquina vi a un señor poniendo su puesto de tacos. Por un segundo, casi le pedí a la tía que parara para olerlos una última vez. Pero me quedé callada. Ya no hay vuelta atrás, además nos atrasaríamos.
Mis papás siguieron hablando en voz baja del trabajo en Los Ángeles, de los gastos, de dónde íbamos a vivir. Yo los escuchaba, pero también estaba en mi propio mundo, imaginándome cómo sonaría mi inglés en una clase llena de gente nueva, y si alguien se reiría.
Cuando vimos las luces del aeropuerto a lo lejos, mi estómago se apretó. No sabía si por emoción o miedo. Probablemente las dos.
—Bueno.— Dijo la tía Elisa mientras bajaba la velocidad. —Llegamos. —La camioneta se detuvo frente a la entrada. Mi mamá soltó un suspiro largo. Mi papá cerró la carpeta. Yo abrí la puerta despacio, dejando que el aire frío de la madrugada me golpeara la cara.
Y ahí estaba, el aeropuerto, enorme y brillante. El primer paso hacia mi nueva vida.
El avión tembló un poco al despegar, y sentí un vértigo que me subió desde los pies hasta la cabeza. Era mi primera vez arriba de uno, y aunque traté de mantenerme tranquila, mis manos sudaban. Miré por la ventanilla, las casas se hicieron pequeñas, luego los autos, luego todo se volvió nubes.
Pixi estaba tranquila, dormida en su transportadora especial con una mantita que olía a casa, pero yo, yo sentía el estómago revuelto. Aun así, cuando pasaron las horas y el avión comenzó a descender, una emoción rara me llenó el pecho, había llegado.
La empresa había conseguido una casa para nosotras, una de esas con pasto adelante, ventanas grandes y un porche donde me imaginé tomando chocolate caliente. Era un lugar completamente nuevo, completamente distinto, completamente desconocido, pero seguro y me acostumbro a este lugar.
Años después, ya tenía catorce cuando entendí que mudarse no era solo cambiar de casa, sino cambiar pedazos de ti. Adaptarme fue difícil. El inglés me tropezaba, y aunque lo entendía mejor con el tiempo, en la escuela casi no quería usarlo. Me sentía dividida, como si cada vez que hablaba inglés, mi español se adelgazara un poquito.
Era invierno y las vacaciones me daban por fin un respiro. Mi tía Marla, que ya llevaba más años viviendo en el país, había venido de visita. Estábamos en la sala, yo intentando practicar mi inglés con un libro abierto y un dolor de cabeza lento.
—¿Otra vez te estás estresando?— Preguntó ella, sentándose a mi lado.
—Es que, hay cosas que todavía no entiendo.— Murmuré—A veces siento que voy atrasada.
—You’re doing great, Elizabath,— Me dijo, sonriendo.
—No, no tanto. —
—Mira, intenta decirme algo en inglés. Lo que quieras. —
Suspiré. —Okay, I feel, like I don’t always understand people in class. —
—Perfect.— Respondió ella.—¿Ves? Claro que puedes. Solo te falta confiar. —
—Ojalá fuera tan fácil. —
—Lo será. Poco a poco. Nunca olvides que saber dos idiomas es un superpoder, no un problema. —
Un día después, mamá y yo fuimos al supermercado. El aire frío olía a plástico, pan recién hecho y desinfectante. Caminábamos por los pasillos cuando vimos a un chico de mi escuela. Era de los que sabía español, pero nunca hablaba conmigo. Estaba discutiendo con un empleado, claramente confundido.
—Liz. —Susurró mamá.— Ayúdalo.
—¿Qué? ¡No! —
—Ándale, hija. No seas penosa. —
—Pero ni me habla. —
—Por eso mismo. Dale el ejemplo. — Rodé los ojos, el corazón acelerado.
Me acerqué despacio. —Eh, ¿necesitas ayuda? —
Él suspiró, frustrado. —Sí, no sé cómo preguntarle si tienen este modelo, pero en azul. —
—Ok, yo le digo. —
Me giré al empleado. —Hi, um, he wants to know if you have this one, but in blue. —
—Oh! Yes, we do. I can bring it. —
—Dice que sí. —Le traduje.
—Gracias. — Respondió él, y se alejó casi corriendo.
Volví con mamá. —Bien hecho. — Dijo, sonriendo.
—Pero ni me dijo mucho. —
—Lo importante es que ayudaste. Y tú sabes inglés más de lo que crees. — Para celebrar el pequeño logro, mamá me compró unas papitas Lays, unos Takis y una Coca-Cola.
—Por socializar. —Bromeó, dándome un codazo suave.
—Ay, mamá. —
—Es verdad. Debes perder la pena. Aunque tu inglés no sea perfecto, ya lo hablas bastante bien. — A la hora de pagar, mamá revisaba cada cosa como si fuera una detective.
—Liz, ¿puedes preguntarle si esta oferta aplica también para las otras presentaciones? —
—Sí, mamá. — Me acerqué a la cajera.
—Hi, um, does this sale apply to the other sizes too? —
—Yes, all sizes today. —
—Dice que sí — Le dije, pasándole los productos a mamá.
—Perfecto.— Respondió ella, satisfecha— Por eso te traje conmigo. —
Y mientras la registradora sonaba, entendí algo, tal vez mi inglés no era perfecto, pero ya era parte de mí, y yo también empezaba a ser realmente bilingüe. Mudarse fue difícil, obvio, pero seguí adelante como pude. Siempre pensé que hablar dos idiomas era tener que escoger entre dos versiones de mí, pero ese día entendí que no. Ser bilingüe no es dividirte, es sumar. Y aunque me trabe, mezcle palabras o me dé pena, está bien. Crecer aquí me enseñó que no tienes que hablar perfecto para encajar. Solo tienes que intentarlo.